Muro No. 90
Dineros huérfanos y la trampa de la autonomía inversa
Hay
recursos públicos que nadie defiende con convicción porque, en el fondo,
demasiados creen tener derecho a apropiárselos. A esos recursos los llamo dineros
huérfanos. No porque carezcan de dueño legal -lo tienen: la sociedad-, sino
porque han sido capturados por redes clientelares que operan bajo una condición
más profunda y peligrosa: la desinstitucionalización. En ese terreno fértil
florece lo que puede denominarse autonomía inversa: un sistema en el que
la autonomía no protege a la universidad del poder político, sino que la blinda
para que ciertos poderes se la apropien.
La
Universidad del Pacífico es hoy un caso paradigmático de esta patología. Desde
la desaparición del rector fundador, la institución ha transitado una historia
marcada por maniobras políticas, intervenciones ministeriales y disputas
internas que han erosionado su estabilidad y su sentido misional. El resultado
no ha sido la defensa de la autonomía universitaria, sino su vaciamiento
progresivo.
En este
contexto, un grupo de estudiantes —inicialmente instrumentalizados— ha vivido
una acelerada politización. Han aprendido rápido. Han identificado micropoderes
que operan bajo una lógica tan cínica como efectiva: “ya tenemos los
resultados, ahora solo faltan las elecciones”. Es la inversión cuadrada de la
democracia universitaria. La reciente ruptura de alianzas hasta entonces
intocables y la exposición de nombramientos jurídicamente frágiles han dejado
al descubierto la precariedad del actual gobierno institucional.
La
secuencia es elocuente. La destitución de Ruth Sánchez por parte del Ministerio
de Educación; la fugaz designación de Caicedo Cerezo; la encargatura de Eliecer
Candelo; y, finalmente, la anulación de un proceso electoral que avanzaba -aunque
no sin tensiones- arrastraron consigo al propio Consejo Superior Universitario.
Paradójicamente, estas decisiones revelan el conocimiento profundo que el
Ministerio tiene de la universidad, apoyado en funcionarios de carrera de un
gobierno que es amigo de la educación. Sin embargo, desde ciertos sectores
internos de la universidad, se intenta instalar la idea de que el Ministerio es
hoy el principal culpable del caos, como si la crisis no tuviera historia ni
responsables internos.
Y la
historia pesa. El relevo del rector fundador por Carmela Quiñonez, luego
Florencio Candelo Estacio, después una cadena interminable de rectorías
encargadas, hasta la llegada de Hugo Tobar como rector en propiedad, y el
ingreso vía tutela de Félix Suárez -posteriormente destituido- y nuevamente una seguidilla de rectores encargados hasta la elección
final de Arlin Valverde, éste recibió una universidad entera y la entregó fragmentada,
reproducen siempre el mismo patrón: votaciones neutralizadas, votaciones
endosadas, paros prolongados, la cancelación de un semestre y una resistencia casi
instintiva a cualquier reforma que amenace la endogamia administrativa y
docente, y el control financiero de los micropoderes. Incluso, cuando se
lograron avances -como la duplicación del presupuesto o el primer concurso
docente por méritos-, estos fueron parcial o totalmente bloqueados.
Los estudiantes que hoy lideran el paro ya no son los mismos de antes. Después de cerrar la universidad y tomar las instalaciones del Ministerio en Bogotá, y demostrar que manejan información clave y entienden mejor de lo que muchos suponían las reglas reales del juego, sin embargo, el problema para este grupo y quienes lo alientan, es que el resto de estudiantes y docentes ya entienden de la cosa. El andamiaje construido alrededor de Ruth Sánchez, sus consejeros y su red académica-administrativa se vino abajo. Sin embargo, como están las cosas, con la idea de las mesas de trabajo de este grupo, con representantes del MEN, sería un error forzar los hechos por intereses distintos a la preservación de los equilibrios institucionales, o sea, los del macropoder. En un sistema de autonomía inversa, eso es imperdonable, y los costos los pagan los estudiantes, profesores y administrativos, con atrasos académicos y administrativos, fuera de la perdida continua del ya precario prestigio institucional de la Universidad del Pacífico, en la nación y la región.
Hoy la
universidad está atrapada en un ciclo de inestabilidad crónica: la protesta
ocupa el lugar de la deliberación, el enemigo siempre es externo y los cambios
estructurales se aplazan indefinidamente. No se trata de una conspiración
extranjera ni de una persecución política. Es el resultado de una cultura
política aprendida, reproducida y normalizada por quienes participan de ella,
muchas veces sin plena conciencia.
El momento
actual es especialmente grave. La restitución de Eliecer Candelo vía tutela, el
desacato del presidente del CSU, la implicación directa del Ministerio y del
propio ministro de Educación, y la coexistencia de fallos judiciales
contradictorios tratan de configurar una tormenta perfecta, no empero, la
sabiduría del Tribunal Superior de Buga, ha fallado en probidad, revocando la
sentencia y, conminando al Juez Segundo Civil del Circuito de Buenaventura, dejando en pleno, la segunda designación del rector Edinson Caicedo.
En estos
procesos que incluyen apropiaciones ilegales de los derechos de profesores y
administrativos, el clientelismo muestra su rostro más nocivo: usar los
estrados judiciales no para ordenar, sino para envilecer; no para resolver el
conflicto, sino para prolongarlo, mientras se levantan cortinas de humo que
intentan ocultar los informes de la Procuraduría y Contraloría.
El problema
de fondo no es solo la suma de irregularidades, sino la normalización del
desorden como forma de gobierno. La Universidad del Pacífico corre el riesgo
real de perder su capacidad de autorregulación, deliberación democrática y
orientación académica, sustituidas por la lógica de la captura permanente del
poder con el objeto de acceder a la adopción de los dineros huérfanos.
Los riesgos
han sido subestimados. Si la situación persiste, la cancelación del semestre 01‑2026
es una posibilidad relativa en Buenaventura y una posibilidad crítica en las
regiones, con efectos inmediatos sobre los contratos docentes. Ha sido un grupo
de profesores sindicalizados quienes han liderado este tóxico proceso, pero
resulta más inquietante el silencio del resto del profesorado y de los cientos
de estudiantes que no asisten ni a clases ni a reuniones. En muchos casos éstos
últimos, porque no pagan matrícula y el costo del caos no se percibe como
propio. En otros, por prudente silencio. Entre los docentes, aflora una lógica
igualmente corrosiva: el salario llega, se trabaje o no, y la responsabilidad
siempre es del otro o los otros.
La
sensación es clara: estamos matando la gallina de los huevos de oro. El
presupuesto se drena mediante reglamentos internos y contrataciones exprés,
mientras el decreto de formalización laboral del actual gobierno se vuelve
impracticable y se aplaza, quizá, hasta el próximo mandato.
Dejar de
concebir la universidad como botín político y simple devengadero es tarea
difícil. Hace años se decía, medio en broma medio en serio, que bastaría con
que el Ministerio dejara de pagar un mes de salario para que todos pidieran al unísono
la intervención total. La pregunta es inevitable: ¿estamos llegando a ese
punto?
Salir de
este laberinto exige romper el ciclo de la autonomía inversa. Restituir el
Estado de derecho universitario. Blindar los procesos electorales.
Transparentar radicalmente el manejo de los recursos. Eliminar temporalmente
las elecciones de rector mientras duren las medidas de intervención y escalar
dichas medidas. Realizar concursos de méritos blindados; auditar la nómina
externa y aplazar la autonomía hasta que exista la capacidad real de controlar la
anarquía inducida.
Solo
entonces será posible transformar el caos en institucionalidad y la protesta
permanente en un proyecto universitario compartido, a la altura de la misión
pública que la sociedad le confió a la Universidad del Pacífico.
De dejar
pasar estas delicadas situaciones sin tomar postura, puede implicar la creación
de una rectoría paralela en una universidad usurpada, y, de continuar estas intrusiones
del micropoder, por encima del verdadero macropoder, tendríamos entonces, una
universidad sin estudiantes y un rector para los edificios vacíos…
Esto no lo sabíamos
del todo, por eso quería escribirlo.
Hernán Ordóñez Valverde
Profesor
Universidad del Pacífico
Buenaventura


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